sábado, 4 de diciembre de 2010

EL FACCIONALISMO POLITICO EN EL PERU

Por Alberto Adrianzén m.(*)

Un dato de las próximas elecciones presidenciales es el número de candidaturas de derecha. Se podría decir que estamos frente a un proceso de tugurización de ese espacio como pocas veces se ha visto. En el campo progresista no se sabe aún cuántos candidatos habrá, lo más probable, por no decir lo seguro, es que tengamos más de uno.

Muchos se preguntarán cuáles son las grandes diferencias, por ejemplo, entre PPK, ex premier y titular del MEF de Alejandro Toledo, con el propio Toledo; también entre Mercedes Aráoz y Luis Castañeda. Incluso entre todos ellos y Keiko Fujimori.  Sería un error pensar que entre ellos existen grandes e irresolubles diferencias programáticas. Todos, en mayor o menor medida, lo que buscan, como alguna vez lo dijo Toledo, es construir el famoso segundo piso de lo que podríamos llamar el fujimorismo económico.

Algo similar se puede decir respecto a lo que viene sucediendo en el llamado espacio progresista. Preguntamos: qué grandes diferencias pueden existir entre el Partido Nacionalista (PNP) y el Movimiento de la Nueva Izquierda (MNI) y, hasta incluso, entre estas dos organizaciones con Fuerza Social (FS) y Tierra y Libertad (TyL), para que no sea posible la unidad. Hasta el momento, más allá de la propuesta programática del PNP, ninguna de las fuerzas mencionadas ha explicado públicamente, cuáles son sus propuestas y cuáles son esas grandes o pequeñas diferencias que impiden la unidad. Es curioso: cuando la derecha se divide, como sucede ahora, la izquierda hace lo mismo. Podemos afirmar que la irracionalidad política no es solo patrimonio de la derecha.

Una explicación respecto al comportamiento derechista es que esté creyendo que el progresismo ya está derrotado y que, por lo tanto, el divisionismo actual no pondrá en peligro su triunfo electoral. Ello supone que el próximo escenario electoral, según esta derecha, no sería –a diferencia del 2006– uno que se organice alrededor del eje derecha-izquierda sino otro que permite que se expresen los distintos matices dentro de esa misma derecha, ya que la izquierda es marginal.

En cuanto al espacio progresista, la división se debería por un lado, a que algunos quieren consolidar una fuerza propia, y por el otro, a que otros creen que pueden ganar solos y sin aliados. Sin embargo, es un error pensar que se puede consolidar una fuerza propia progresista si gana la derecha, como también, como lo demuestran las últimas elecciones regionales, creer que basta con las propias fuerzas para ganar. La suerte del progresismo como proyecto de larga duración pasa por la conformación de una mayoría político-electoral, es decir, por superar la actual condición de minoría y ser gobierno. Para ello se requiere de la unidad.  No hacerlo es mantener al progresismo en una condición de minoría política.

En realidad, si no se producen procesos de convergencia en uno y otro lado, lo que tendremos en las próximas elecciones será una lucha, acaso encarnizada, entre minorías políticas que, dicho sea de paso, ha sido la constante en estos últimos años, lo cual ayuda poco a la consolidación de la democracia en el país. Pero además, nos enfrentaremos a unas elecciones que utilizarán la guerra sucia y que retroalimentarán el personalismo político y la influencia de los medios, puesto que las posibilidades de triunfo de uno u otro grupo dependerán más de la capacidad del candidato y menos de las organizaciones políticas y de las propuestas programáticas o de gobierno que presenten, como debería de ser.

No soy ni un fanático ni un fundamentalista de la unidad, pero creo que es el único camino, ahora, para que el progresismo tenga algo que decir en estas elecciones y en los próximos años. Hacer lo contrario, sería repetir los errores del pasado que llevaron a la izquierda y al progresismo a la marginalidad política, intelectual y cultural. Además, es la mejor demostración de cuán lejos estamos de un pueblo al que decimos representar.

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