martes, 4 de enero de 2011

CULTURA Y POLITICA

Por Nelson Manrique

A Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, se le atribuye una frase muy expresiva: “¡Cuando escucho la palabra cultura saco mi pistola!”. Más cercanamente, en la salita del SIN, el 26/11/1999, en una reunión en la que conspiraban Vladimiro Montesinos, Carlos Boloña, los jefes del ejército, la marina y la aviación y los propietarios de Frecuencia Latina, para asegurar la reelección de Alberto Fujimori, uno de los hermanos Winter (Samuel o Mendel, la transcripción no individualiza al responsable) definió el papel que debía cumplir la TV con una claridad meridiana: la televisión debe dar información y entretenimiento pero de ninguna manera brindar cultura. Los resultados de esa agenda son la prensa y la TV basura, diseñadas para mantener a los lectores y espectadores pendientes de los chismes de la farándula y ávidos de su cuota de ampays y reality shows. Mientras los de abajo estén así enganchados, los promotores de esta bazofia podrán saquear cómodamente el erario público y utilizar el poder al que han llegado con los votos del pueblo para servir los intereses de quienes tengan el dinero para pagar sus servicios.

La aversión de ciertos políticos hacia la cultura es por eso natural: un pueblo al que se mantiene en la ignorancia es fácilmente manipulable, mientras que un pueblo culto está preparado para ejercer sus derechos ciudadanos. De hecho, solo existe una verdadera democracia allí donde existe una ciudadanía informada, capaz de ejercer control sobre aquellos a quienes ha delegado el poder. Quienes quieren ejercer el poder en contra de los intereses de las mayorías tienen que asegurarse de que estas se mantengan alejadas de los temas trascendentes, y por eso debe alimentarse una sensibilidad popular adicta a la basura.
Para cualquier propuesta política que de verdad se proponga construir un país para todos la cultura tiene que ser una prioridad fundamental. La cultura figura en los discursos electorales pero no es una real prioridad para los políticos que nos gobiernan: basta ver cuánto se destina del presupuesto nacional al fomento de la creación artística y científica o a poner en valor las grandes obras que nos han legado nuestros antepasados. Para el neoliberalismo la cultura solo es útil si produce utilidades (vendiendo turismo, por ejemplo), pero no tiene valor por sí misma, por su papel en la forja de seres humanos integrales.

El distanciamiento entre política y cultura tiene diversas causas. Por una parte, el sistema electoral favorece pensar en el corto plazo y los frutos que puede aportar la inversión en la cultura no se ajustan a este cronograma. Por lo general los políticos tienen como prioridad personal mantenerse electoralmente vigentes y por eso apuestan a proyectos que brinden resultados inmediatos, que de ninguna manera rebasen el mágico margen de los 5 años que separan una elección de la siguiente. Colabora también a este resultado la ignorancia de muchos políticos. Tenemos parlamentarios que creen que Mario Vargas Llosa ha escrito Los perros hambrientos, como afirmó José Urquizo, o Ña Catita, como sostuvo Rosa Florián. Es iluso esperar que entiendan de qué se habla cuando se reivindica la promoción cultural como una misión fundamental del Estado.

Este 2011 –más exactamente, en dos semanas– se conmemora el centenario del nacimiento de José María Arguedas, una oportunidad inmejorable para poner estos temas en debate. La mezquindad de Alan García ha impedido que el Estado consagre –como debió ser– este año a su memoria. Homenajear a Arguedas no le iba a ganar a García la atención que anhela, mientras que poner los reflectores sobre la recuperación de las piezas arqueológicas de Machu Picchu, que retenía la U. de Yale, puede convertirlo en el muerto del velorio; prepárense para ver las primeras planas que le brindará la prensa ayayera.

No hay nada nuevo bajo el sol: hasta aquí García fanfarroneaba afirmando que, aunque no puede lograr que sea presidente quien él quiere, sí puede impedir que lo sea quien él no quiere. Ahora podrá añadir que puede impedir que se homenajee a quien él no quiere. Por suerte el genio de Arguedas está por encima de semejante cicatería.

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